jueves, 20 de enero de 2011

Complejidad sin complejos

La complejidad y la angustia que le corresponde: la de hacerse caos. Lo que se compadece con que el interés no se muestra nunca por lo que no se puede resumir, ni por lo que ya está resumido.
Sin embargo, la complejidad de un objeto cualquiera se entiende como una función de ese objeto y de parámetros que pueden llamarse "contexto", "historia", "circunstancia".
Así pues, complejidad o información no pueden entenderse nunca como atributos de un objeto aislado, aislado hasta de un marco de referencia y unas unidades de medida. Con lo cual, lo que hay es irremediablemente plural. O terriblemente simple.

Tomado de Maurice Vermisse, On sait jamais: Esquisses sure les vices, Paris, Éditions de la Sédition, 1996.
Agradecemos la traducción a Juan Norberto Montecristo García.

viernes, 31 de diciembre de 2010

La Mónada con Windows XP

Y qué podemos pensar de la mónadas, de las gnósticas, de las leibnicianas, de las de los matemáticos, las de los informáticos. Casi todos tomaron el nombre de sus predecesores y, claro, es de temer que Leibniz sea la referencia pivotal de todas ellas, que para algo existe el bachillerato en el mejor de los mundos posibles, que para la mónada divina es también el peor.
¿Qué nos dicen todas las mónadas y su pequeña explosión educadamente viral y especializada? -Pues que todas las aporías y descalabros de la metafísica leibniciana se ilustran en las explotaciones categoriales (categóricas o haskellianas ) de sus análogos flechados con el silencio saetero de las enmiendas del manuscrito de Hannover y sus dos acólitos o réplicas que cobija la misma Landesbibliothek.



Es decir, lo que en ontología nos lleva a un callejón sin salida, se muestra fructífero expediente en campos de conocimiento acotados, lo que, si dado por verdadero, podría recibir dos posibles explicaciones: la extrínseca, que haría referencia a que las mónadas, las comónadas y demás se centrarían en construcciones categoriales previamente embridadas, con lo que no habría peligro de colisiones, desbordamientos e inconmensurabilidades tremebundas.
La otra, la intrínseca, nos pondría complementariamente en la pista de un pequeño problema: no existe una construcción geométrica que nos dé cuenta de la realidad enterita y que seguramente no hay una realidad enterita y cuadrable, y que -de paso- porque la materia es inevitable, ésta aporta a nuestras ensoñaciones un apabullante descuadre y otras imperfecciones.
Más éxito popular que la mónada esdrújula, si hablamos de Leibniz, ha tenido la etiqueta famosa de "el mejor de los mundos posibles", tan propensa a ser interpretada mal, aunque uno se haya levantado de la cama volteriano. Medir los mundos y hallar máximos y óptimos no puede hacerse si no se identifica tal cálculo con Dios mismo, mónada garante y suprema, aunque permite que se la mire desde cualquier ángulo casi.
El lector documentado y extenso habrá ya apreciado que lo que nos hemos levantado es kantianos, pero el Kant de 1756 ya se las veía con antinomias furibundas que sólo podemos entender de una manera: entre la ceguera y la vaciedad no cabe demasiado.

Tomado de Heriberto Felipe Neri González Pérez, 23 problemas para la metafísica temporada primavera verano 1976, Segovia, Éditions L'Espagne en Marche (España en Marcha), 1975.

NOTA de los EDITORES: Los eruditos no han logrado explicar cómo en 1975 fue González capaz de pronosticar a Moggi y a monadólogos posteriores. Quizá en algún tratadista antiguo habremos de encontrar la respuesta.

NOTA del MECANÓGRAFO: Una nota absurda, pero ni el autor ni los editores se molestan en aclarar las oscuras y confusas referencias. No corresponde al mecanógrafo otro aparato de notas que el Post-it.

jueves, 30 de diciembre de 2010

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Leo manuales, ensayos y recetarios como novelas. Los personajes son tan concretos como las buenas ideas, aunque sean vulgares ocurrencias.